Greyson McAlpine shares her process for understanding and adapting to natural light, individuals to capture genuine moments and her streamlined workflow

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JUGAR NO ES PERDER EL TIEMPO: ES APRENDIZAJE

Cuando pensamos en el juego, todavía tendemos a asociarlo con la infancia, el ocio o el descanso. Como si jugar fuera lo que hacemos cuando dejamos de trabajar, de estudiar o de ocuparnos de asuntos “serios”.

Sin embargo, la neurociencia y la investigación educativa nos invitan a cuestionar esta separación. El juego es aprendizaje. Cuando está bien diseñado y responde a un objetivo concreto, puede convertirse en una de sus herramientas más potentes, independientemente de la edad de las personas o del ámbito de conocimiento.

El cerebro no aprende al margen de las emociones

Aprender no consiste únicamente en recibir información. Para que un contenido sea comprendido, integrado y recordado, necesitamos prestar atención, relacionarlo con conocimientos previos, atribuirle significado y ser capaces de recuperarlo posteriormente.

En todo este proceso, las emociones tienen un papel fundamental.

La investigación neurocientífica ha demostrado que emoción, atención, memoria y toma de decisiones no funcionan como compartimentos independientes. Aquello que nos despierta curiosidad, sorpresa, interés o satisfacción recibe un tratamiento diferente por parte de nuestro cerebro. Nos implicamos más, sostenemos mejor la atención y encontramos más razones para continuar.

Esto no significa que una emoción positiva garantice automáticamente el aprendizaje. Tampoco que cualquier actividad divertida sea, por sí sola, educativa. Significa que un estado emocional caracterizado por la curiosidad, la seguridad psicológica y la motivación crea condiciones especialmente favorables para explorar, pensar con flexibilidad y consolidar nuevos conocimientos.

El juego bien planteado reúne muchas de estas condiciones.

Kriloy Steward

¿Qué sucede cuando aprendemos jugando?

En una experiencia de juego serio, la persona deja de ser una receptora pasiva de información. Tiene que tomar decisiones, formular hipótesis, colaborar, resolver problemas, asumir consecuencias y revisar su manera de actuar.

El aprendizaje deja entonces de ser únicamente conceptual y se convierte en experiencia.

Además, el juego ofrece algo especialmente valioso: la posibilidad de equivocarnos dentro de un entorno seguro. El error deja de vivirse como una amenaza o como una prueba de incapacidad y pasa a convertirse en información. Podemos probar, observar qué sucede, modificar nuestra estrategia y volver a intentarlo.

Este ciclo —acción, resultado, reflexión y nueva acción— es una de las bases del aprendizaje experiencial.

El juego también puede favorecer estados de alta implicación, próximos a lo que conocemos como flow: momentos en los que la persona está concentrada, participa activamente y percibe un equilibrio estimulante entre el reto y sus capacidades. No sorprende cuando los participantes en este tipo de formaciones expresan por que «se les pasó volando el tiempo».

Es importante puntualizar que el juego serio no consiste simplemente en añadir puntos, premios o competición a una formación (eso, en todo caso, entraría en el campo de la gamificación, muy interesante ¡también!). El valor del juego serio no está en disfrazar un contenido para hacerlo más entretenido. Está en diseñar una experiencia que permita pensar, sentir, actuar y reflexionar.

Del tablero a la empresa

En el mundo empresarial, jugar permite hacer visibles situaciones que, explicadas únicamente mediante conceptos o diapositivas, pueden permanecer abstractas.

Una simulación puede revelar cómo se toman realmente las decisiones, qué ocurre cuando la información no circula, cómo reacciona un equipo ante la presión o qué patrones aparecen cuando diferentes departamentos persiguen objetivos que no están alineados.

A través de metodologías de juego serio podemos trabajar competencias tan complejas como el liderazgo, la comunicación, la negociación, la cooperación, la creatividad, la resolución de conflictos o la gestión del cambio.

Pero hay una condición imprescindible: jugar no basta.

La experiencia necesita un propósito claro y un espacio posterior de reflexión. Es en ese momento cuando las personas toman conciencia de lo sucedido, conectan la dinámica con su realidad profesional y transforman lo vivido en aprendizaje aplicable.

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